>5 Mitos sobre la Innovación

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1.- Todo es mejorable

Cierto indudablemente pero a) NO toda mejora es innovadora y b) NO toda mejora innovadora es relevante. 

Cuando mejoramos algo puede ser simplemente que apliquemos un parche para resolver un problema y que ese problema sea consecuencia de un cambio innovador, es decir, el parche puede ser sencillamente “volver a hacer lo de antes”. Esto es más frecuente de lo que imaginamos y especialmente en las Innovaciones de Proceso, lo que ocurre es que como éstas se dilatan en el tiempo no se percibe fácilmente y muchas veces las personas que “sufrieron” la innovación ya no están para “disfrutar” el paso atrás.
En otros casos nos encontramos que una mejora innovadora que puede ser, incluso, de gran relevancia tecnológica, al final apenas tiene incidencia en la cuenta de resultados. Este caso suele darse cuando la innovación es de producto y el proyecto se justifica con hipotéticos beneficios para el cliente que, al fin y a la postre, no llega a darse cuenta del cambio. Muchas de las mejoras que se introducen en los vehículos se quedan en meras siglas nuevas y “esotéricas” que no aportan nada al cliente cuyos motivos de compra siguen siendo estéticos, de marca o de precio.

2.- Las empresas están entusiasmadas con la Innovación

Falso, en la mayoría de los casos

La realidad es que las empresas están “resignadas” a la innovación porque en estos momentos (no era así hace un siglo) no les queda más remedio que adaptarse a los cambios que les vienen impuestos por el mercado. Una ejemplo clarísimo de esta resistencia a la innovación lo tenemos en las grandes distribuidoras de contenidos digitales que luchan denodadamente contra la demanda de “disponibilidad” de los clientes sin plantearse una revisión de sus negocios que “aproveche” las nuevas tecnologías en lugar de anatematizarlas. Sin embargo las empresas con cultura realmente innovadora, que promueven en sus organizaciones la creatividad y los cambios y pretenden introducir innovaciones que se adelantan a las exigencias del mercado, son minoritarias (casi inexistentes) y en muchos casos tienen que luchar contra sus propios mecanismos internos de “resistencia al cambio”. La cultura verdaderamente innovadora necesita de recursos especiales tanto económicos como organizativos para “bordear” los procesos de control interno de la organización establecidos para evitar desviaciones y pérdidas de rentabilidad Puesto que la verdadera innovación requiere de un alto índice de “ensayos y errores” hasta llegar al “acierto” es difícil que un controller financiero “al uso” se sienta cómodo sabiendo que en su organización hay una parcela en la que no le dejan meter la nariz por razones obvias. 

3.- Los innovadores tiene éxito

Falso, en la mayoría de los casos.



Como ya hemos apuntado antes la realidad es que el proceso de innovación conlleva un alto grado de incertidumbre y son muchas más las ideas innovadoras que fracasan que las que tienen éxito, lo que ocurre es que de las que fracasan casi nunca nos enteramos. Para contribuir a este desmoralizador escenario la realidad nos indica que en el mundo de los negocios rara vez van unidas las características que garantizan el éxito empresarial con las que garantizan la capacidad de innovación, a pesar de lo que la fiebre innovadora que nos invade pretende hacernos creer. Sin embargo si es cierto que hay un punto de enlace entre los dos mundos: la visión del emprendedor exitoso. Los empresarios de éxito son capaces de ver más allá que el resto de las personas por lo que, aunque no sean capaces de idear productos o servicios altamente innovadores, si son capaces de “visualizar” la rentabilidad económica cuando se les presenta. Por lo tanto, las estrategias actuales que promueven y facilitan el encuentro entre “creadores de ideas” y “creadores de negocios” son el caldo más idóneo para que se produzca ese “encuentro afortunado” que convierta ciertas ideas innovadoras en éxitos comerciales.

4.- La innovación y la última tecnología van de la mano

No necesariamente

Es frecuente que cuando pensamos en innovación se nos vengan a la cabeza los últimos gadgets tecnológicos del mercado. Ciertamente que son nuevos y atractivos pero la realidad es que hay un punto en el que dejan de suponer una innovación porque no aportan realmente nuevas funcionalidades. Cuando apareció la minifalda fue sin duda una innovación, no porque se tratase de una prenda de ropa distinta o más bonita sino porque supuso un cambio conceptual en la imagen que las mujeres quisieron dar de si mismas a partir de entonces. La moda de vestir es un caso claro en el que se producen cambios frecuentes pero ya nadie la considera realmente una industria innovadora, los tejidos son los mismos que hace un siglo y las variaciones de diseño son puramente estéticas y pasan desapercibidas debido a la abundancia. El mundo de los teléfonos móviles o el de los ordenadores personales se encuentra en estos momentos en una situación que se acerca a la de la moda, los nuevos modelos apenas aportan cambios funcionales significativos salvo en el caso de smartphones y tablets. Ciertamente hay otros hitos tecnológicos que si sustentan innovaciones llamativas como la banca virtual o el marketing viral, pero los nuevos conceptos de economía social, comercio justo, agricultura ecológica, etcétera, también se están haciendo un hueco en el mercado sin servidumbre tecnológica. El simple uso de internet como infraestructura de comunicación está dando pié a muchas innovaciones de proceso (turismo especializado, formación on-line) que nada tienen que ver luego con la tecnología.

5.- Los programas estatales son fundamentales para la innovación

No deberían serlo

En Europa se lleva años haciendo esfuerzo ímprobos para la innovación, dedicando recursos a olíticas de I+D+i que, sorprendentemente para sus promotores, dejan interesantes resultados en forma de publicaciones en revistas científicas de alto impacto pero apenas han podido remover los carcomidos cimientos del sistema productivo europeo. Casos singulares como el 4% del PIB que Finlandia dedica a  I+D quedan llamativos en las estadísticas pero la realidad es que una empresa como Nokia en un país de apenas 5 millones de habitantes hace innecesarios otros inversores. La capacidad de innovación de un país hay que buscarla en su historia y su cultura. La innovación exige una mentalidad más interesada en lo práctico que en lo teórico, abierta a la noción de provisionalidad y cambio. Pero, sobre todo, para desarrollarse, la innovación requiere una cultura que favorezca el riesgo, recompense el éxito y no penalice demasiado el fracaso. Por eso no debe extrañar que Estados Unidos –un país de inmigrantes que mantiene el espíritu pionero de los primeros colonizadores europeos– esté a la cabeza en este terreno. La tradición calvinista de depender de uno mismo y no del Estado, de culparse a uno mismo antes que al sistema si las cosas no vienen bien, sigue aún viva en Estados Unidos y, lamentablemente, muy poco asentada en el viejo continente apegado a su “estado del bienestar”. En España, donde se culpa al Gobierno de turno hasta de las tormentas, difícilmente se podría hacer innovación sin las políticas estatales pero por mas que lo intente ningún gobierno puede pagar para que a sus ciudadanos les “brote” el espíritu innovador.

Entonces ¿merece la pena innovar? ¿y como lo hacemos?

Absolutamente SI. 

Como ya hemos visto la innovación no es solo una elección, en el mercado cambiante en que nos encontramos es ya una necesidad. Los mecanismos de la globalización vinculan las acciones y sus efectos a nivel global, nada es independiente de lo que ocurra en otro sitio, su efecto será mayor o menos o podrá notarse antes o después, pero el efecto existe y acabará llegando. Las grandes corporaciones mundiales, los “mercados” de que tanto se habla, son capaces de producir alteraciones económicas que afectan a gran escala hasta incluso “hipotecar” un país. Los medios de comunicación de masas entre los que están las redes sociales permiten movilizaciones masivas con fines autógenos que pueden derrocar gobiernos. 

Las empresas se encuentran sujetas a fuerzas que, como nunca antes ocurriera, escapan de su control directo, deben estar alerta y preparadas para reaccionar. El espíritu innovador es la adrenalina de las organizaciones que les permitirá “huir” (hacia los oceanos azules con nuevas propuestas) o “luchar” (en los oceanos rojos con nuevas armas) en el mercado. Y esto para crecer o, cuando menos, sobrevivir. Desde las administraciones públicas debe apoyarse la emprendeduría innovadora, abordar cambios en los programas educativos que promuevan el espíritu empresarial y la dignificación de la profesión. Desde las empresas debe hacerse un ejercicio de autoanálisis y descubrir hasta que punto se es capaz de innovar, lo que se ha hecho en el pasado y cuan preparado se está para el futuro. Las asociaciones empresariales deben asumir el papel de líderes de la innovación para que sus socios se apoyen entre si. Los sindicatos deben abandonar el discurso del victimismo y la estigmatización del empresariado para generar confianza en el tejido productivo y lograr la corresponsabilidad de todos los agentes sociales. 
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